Todo lo que se ha dicho sobre las mujeres lo han dicho los hombres, 

las mujeres en la historia no han hablado, 

hay que hablar con las mujeres. 

Poullain de la Barre, De la igualdad de los sexos, 1673

En los últimos años, el trabajo de las cineastas peruanas ha empezado a ganar visibilidad y protagonismo, tanto dentro del Perú como en los circuitos de la industria cinematográfica internacional, mientras que el número de festivales, asociaciones y redes que buscan proteger, promover y apoyar el cine hecho por mujeres no ha dejado de crecer.

Sin embargo, la práctica cinematográfica –es decir, el trabajo detrás de cámaras- sigue siendo un territorio eminentemente masculino. En el Perú, el mercado audiovisual presenta un promedio de 11% de mujeres en dos cargos de responsabilidad y poder, como son la dirección y el guión (Hendrickx, 2017). El problema, sin embargo, no es  exclusivo del Perú. En los Estados Unidos, sólo el 21% de los directores, guionistas, productores ejecutivos, editores y directores de fotografía de las películas de mayor taquilla del 2020 han sido mujeres. El porcentaje aumentó de manera sostenida a lo largo de la década, pero no lo suficiente para equilibrar la situación (Lauzen M. , 2021).

Cuando el Centro Cultural  PUCP nos propuso diseñar una exhibición sobre las mujeres en la historia del cine peruano, nos pareció fundamental recuperar sus nombres, imágenes, historias y filmografías de las mujeres que habían trabajado haciendo cine, así como entender el contexto social e histórico en el que se desenvolvieron, y cómo los cambios ocurridos en el país y  las relaciones entre los géneros influyeron en su acceso, participación y permanencia detrás de cámaras a lo largo del tiempo. 

La tarea no fue fácil, porque de las mujeres y su trabajo, por lo general, sabemos poco. La historiografía tradicional suele ocuparse del análisis de películas, las condiciones de producción, o el rol del director como autor de la imagen. Enfoques necesarios e importantes, pero que dejan poco espacio a las mujeres, cuya presencia se concentra, sobre todo, en tareas vinculadas a la logística y el cuidado, de carácter manual y repetitivo. El archivo oficial tampoco ayuda, no sólo por la pérdida del patrimonio fílmico –de carácter trágico en nuestro país- sino porque el trabajo de sujetos subalternos suele carecer de la importancia necesaria para ser recordado y trascender. En la historia del cine, las mujeres ocupan lugares liminales, fronterizos: la lista de créditos finales, las fotos detrás de cámaras, los documentos de producción y las anécdotas de los rodajes. En la memoria oficial, ellas están y no están. Que no nos sorprenda, pues, que su trabajo nos resulte tan poco familiar, casi desconocido, y que sólo las películas y sus directores (hombres) terminen ocupando el centro de la historia, la His-toria (Perrot, 2009).

Reconstruir la historia de las mujeres que hicieron cine en el Perú requería un marco de referencia distinto. De un lado, debíamos considerar la participación de todas las mujeres en todos los roles y cargos de la práctica cinematográfica. De otro lado, la búsqueda en el archivo no podía limitarse a las películas, en gran parte perdidas, o en lento proceso de recuperación: teníamos que ampliar los límites del archivo (Seguí, 2018). Teníamos que  revisar y poner en valor material anexo o secundario -manuscritos, fotografías, correspondencia- en donde las mujeres habían dejado las huellas de su trabajo. Pero nuestro más importante recurso fue, sin lugar a dudas, el archivo familiar, así como los testimonios de las mismas cineastas, y el de sus hijas e hijos, nietas y nietos. 

Nuestra investigación nos ha permitido descubrir la presencia de al menos trescientas noventa mujeres trabajando detrás de cámaras a lo largo de setenta y nueve años. Mujeres sorprendentes, que desafiaron convencionalismos y reglas, que cuestionaron, pospusieron o rechazaron limitarse a vivir los roles tradicionales de madre o esposa. Sujetos activos, críticos y, por momentos, desestabilizantes.  Ellas cuidaron de las películas en las que trabajaron, las hicieron factibles. No nos queda ninguna duda de su creatividad, pasión y dedicación, ni de su fundamental contribución al cine peruano. Sin ellas, estamos seguras, nuestro acervo fílmico no existiría -o en todo caso, sería muy diferente. 

Rebeldes y Valientes cubre el periodo 1913-1992, desde la realización y estreno de uno de los primeros cortometrajes de ficción del cine mudo escrito por una mujer, Del Manicomio al Matrimonio (1913),  hasta la derogatoria del marco legal que permitía la exhibición obligatoria del cine nacional. Hemos dividido esos setenta y nueve años en tres secciones: el cine mudo (1913-1930) , las primeras cuatro décadas del cine sonoro (1930-1972)  y el periodo de vigencia de la  Ley 19327 (1972-1992).  Hemos dejado de lado la cinematografía creada a partir de 1993 por su volumen y dispersión, imposible de abordar durante el estado de emergencia generado por la presencia de la COVID19  en el Perú.

Rebeldes y Valientes incluye material fotográfico y biográfico de más de cincuenta mujeres que hicieron cine, desde las pioneras de las primeras décadas del siglo XX hasta aquellas que ocuparon jefaturas de departamento o área durante el periodo de vigencia de la Ley de Cine 19327. También hemos incluido la filmografía de cada una de ellas, limitándonos a las producciones realizadas  en el Perú hasta 1992 y estrenadas en salas de cine o festivales. Acompaña a esta exhibición un análisis del contexto social e histórico y los cambios en las relaciones entre los géneros de los sectores medios y altos de la ciudad de Lima, ciudad que concentró la mayor parte de la producción cinematográfica hasta inicios de los noventa. La investigación que ha posibilitado esta exhibición se encuentra aún en curso, y esperamos poder incluir el periodo 1993-2019 en un futuro cercano.

Hacer cine no es fácil para nadie, en ninguna parte del mundo. Sin embargo, a la complejidad del quehacer cinematográfico, las dificultades de financiamiento y las inseguridades propias de cualquier proceso de creación, las mujeres deben enfrentar mecanismos sociales, simbólicos, institucionales y legales que impiden el acceso a espacios de formación y trabajo, subestiman su capacidad de creación y las restringen al espacio doméstico y a las tareas de cuidado y reproducción (Perrot, 2009). La práctica cinematográfica no ha sido ni es un campo neutro ni equitativo.  Hacer cine siendo mujer sigue requiriendo una doble dosis de resistencia, coraje y rebelión. 

Cuando los procesos sociales plantean rupturas con la tradición,  la agenda pública y el lente con el que miramos la historia se renuevan (Mannarelli, 2000). Esta investigación nos ha ayudado a comprender el origen histórico y cultural de los mecanismos de igualdad e inequidad detrás de cámaras, pero también tomar conciencia de una identidad colectiva, diversa e interseccional, que agrupa múltiples experiencias en cambio permanente. Recuperar la memoria de nuestras cineastas, y con ellas un aspecto poco conocido de nuestra historia, puede contribuir en la construcción de nuevos referentes para lxs que hacen cine hoy y lxs que vendrán. Pero también nos puede ayudar a reconocer al cine como un espacio extraordinario de descubrimiento vital, autonomía personal, compromiso político, expresión artística y libertad. 

Gabriela Yepes

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